martes, 18 de agosto de 2009

Espejos

Alguien tenía que hablar con los dueños del edificio por la falta de mantenimiento y la esporádica y molesta escasez de agua. Los vecinos decidieron que yo era la indicada para hacerlo en nombre de todos y nadie quiso acompañarme.
Llamé varias veces durante una semana pero no atendieron el teléfono. Entonces decidí cambiar la estrategia: me aventuré un sábado a medio día. La casa de los dueños, en un barrio viejo al norte de la ciudad, era pequeña y modesta. Toqué el timbre varias veces antes de que una mujer malencarada abriera la puerta.
⎯ Busco a los Katerinov.
⎯ Pase.
Me condujo a través de un pasillo largo y angosto, cuyos muros estaban tapizado de espejos sobrepuestos. Nuestros reflejos distorsionados se confundían y parecíamos una misma persona hecha de retazos. Dimos vuelta en un lugar donde no distinguí ninguna puerta. Llegamos a una sala amplia con piso de madera. Había varios sillones de terciopelo rojo estilo Luis XVI, un par de mesas con superficie de vidrio y ningún adorno. Las paredes, también cubiertas por espejos, parecían no delimitar el espacio.
La sirvienta me condujo del brazo y me sentó en un taburete pequeño e incómodo entre dos sofás. Desapareció atrás de mí. En su ausencia escuché golpeteo de trastes. La cocina debía estar cerca, pero yo sólo veía espejos.
Poco después regresó con una charola en la que había fruta picada, carne seca, un vaso de leche y pan.
⎯ Sírvete. Los señores no tardan ⎯ dijo mientras señalaba la charola que depositó sobre el suelo, como si fuera para un animal. Cuando quise reclamar, la criada había desapareció por otro muro de la habitación donde tampoco distinguí ninguna abertura. Permanecí quieta en espera de ruidos: el rechinido de una puerta, voces o pasos. Como no escuché nada me levanté y recorrí la sala. No encontré el lugar por donde entramos, ni los otros, por donde la sirvienta iba y venía. Rodeé la habitación acariciando los espejos con mis dedos, tratando de hallar una salida. De pronto me pareció percibir un movimiento que se desvaneció casi de inmediato. Di la vuelta y miré en todas direcciones sin encontrar otra cosa que no fuera mi reflejo distorsionado.
Me senté en un sofá al lado del taburete y, con el pie, empujé la charola debajo de una mesa. Cuando levanté la vista tenía enfrente a una mujer pequeña y canosa que me tendía la mano:
⎯ Buenos días. ¿Cómo estás? ¿No te gustó la comida?
⎯ No tengo hambre, gracias.
Y aunque tuviera hambre no me comería esa porquería, pensé; mientras buscaba en los muros el lugar por el que habría entrado.
⎯ Yo soy la señora Katerinov. Usted es una de nuestras inquilinas, ¿verdad?
⎯ Sí. Siento mucho molestarla, pero tenemos algunos problemas. La limp…
⎯ Perdone que la interrumpa, pero no quisiera que hablara del edificio si mi esposo está ausente. ¡Katerin! ⎯ gritó tan fuerte que los espejos se estremecieron.
La casera me escrutaba de arriba abajo, como si yo fuera un fenómeno de la naturaleza. ¿Qué tanto me veía esa bruja de nariz aguileña, labios delgados y ojos pequeños?
⎯ Tienen muchos espejos.
⎯ Mhmm, son lindos, ¿no crees? Así nunca olvidamos quiénes somos.
⎯ Sí, no lo había pensado de ese modo.
⎯ ¿Cómo te llamas?
⎯ Erika.
⎯ ¿Qué departamento ocupas?
⎯ El G.
De pronto se levantó, dijo que iba a buscar a su marido y desapareció entre los espejos. Me acerqué al sitio por el que se marchó y, mientras empujaba los cristales en busca de una puerta que no hallé; un hombrecillo pequeño, delgado y canoso, que no supe de dónde salió, me tendió la mano:
⎯ Así que usted es Erika. ¿No le gustó la comida? ⎯ dijo mientras miraba la charola debajo de la mesa.
⎯ No tengo hambre, gracias.
⎯ Ahora viene la señora para que podamos hablar.
Me sonreía cordial y parecía más accesible. Igualito que su mujer; la única diferencia perceptible era el cabello corto y las orejas grandes y puntiagudas.
Estaba espantada, los habitantes de la casa parecían moverse con soltura a través de los espejos donde yo no encontraba puertas u orificios. Pregunté cualquier cosa para distraer mis temores.
⎯ Nunca había escuchado el apellido Katerinov, ¿es de origen ruso?
⎯ Sí, efectivamente. Nacimos en un pueblo cercano a Moscú, pero no tiene caso que le diga el nombre; seguramente ni siquiera sabe dónde se encuentra.
Pues no, con toda seguridad no lo sabía, pero eso no era motivo para que no me lo dijera. Me revolví en el sillón tratando de disimular la incomodidad y esbocé una mueca en un intento por sonreír.
⎯ Supongo que esperaremos a su esposa para platicar del edificio.
⎯ Sin duda. Siempre tomamos las decisiones entre los dos.
⎯ Espero que no tarde.
⎯ ¡Katerina! ⎯ gritó tan fuerte que me lastimó los oídos ⎯ siempre me hace lo mismo cuando tenemos que hablar de algo importante, se larga. Voy a buscarla, está sorda, ¿sabe?
Desapareció. Y esta vez no me esforcé por identificar el lugar por donde se había ido. Escuché sus gritos cada vez más lejanos y apagados, como si la casa fuera inmensa. Ya casi eran las dos de la tarde y ni siquiera había tenido oportunidad de exponer el motivo de mi visita. Recogí mi cabello con ambas manos y lo sostuve un momento en la nuca. Paciencia, ya estás aquí, pensé. De pronto la vieja apareció frente a mí, como si siempre hubiera estado en la sala. Me levanté del susto.
⎯ ¿En dónde se metió el bueno para nada de mi marido?
⎯ Fue a buscarla. De hecho la llamó, pero…
⎯ Y te dijo que soy sorda. El muy tarado ⎯miraba las paredes como si pudiera encontrarlo en los espejos.
⎯ Siéntate. Voy a buscarlo.
⎯ No se vaya, mejor lo esperamos aquí, no debe tardar.
⎯ No, no. Tú no lo conoces, tengo que ir por él. Ahora vuelvo.
Ya no me importaba exponer los problemas del edificio; sólo quería irme, pero no sabía cómo salir de ese laberinto de espejos y resonancias por el cual los Katerinov aparecían y se esfumaban.
El reflejo del reflejo causaba un espejismo, como si la habitación donde me encontraba no tuviera límites. De pronto los espejos empezaron a tintinear. A lo lejos escuchaba las voces de los Katerinov que discutían, pero el timbre era tan parecido que a penas lograba distinguir quién decía qué cosa: ven viejo inútil, tú tampoco sirves para nada, no voy a hacer lo que dices sólo porque tú lo dices, yo también soy yo, ya ensuciaste los pantalones otra vez, son míos y hago con ellos lo que quiero, viejo puerco, vieja amargada, como si no fuera suficiente haber vivido toda mi vida contigo, me dejas solo con todos esos espejos, eres cruel, no voy a salir, haz lo que quieras…
Los gritos cesaron. Alguien lloraba. El tintineo se apaciguó. Volví a recorrer la habitación en busca de alguna salida. De pronto apareció la señora Katerinov.
⎯ Lo siento querida. Veré que se resuelva lo del edificio ⎯ dijo mientras se atoraba un mechón de pelo atrás de una gran oreja puntiaguda. Iba a preguntarle si efectivamente conocía los problemas del edificio cuando se marchó sin despedirse.
La criada me condujo a través de un muro donde según yo no había puertas ni orificios. Nos encaminamos por un pasillo que parecía diferente al anterior, más largo y estrecho. La mujer empujó un espejo y salí a la calle. Antes de que la malhumorada mujer cerrara la puerta escuché un adiós cantarín y cuando miré dentro vi al señor Katerinov reflejado en los espejos, despidiéndose con la mano.
Ya en la calle, caminé hacia la derecha y luego regresé hacia la izquierda. No reconocí la calle, ni la fachada de la casa de los viejos. Mareada y con dolor de cabeza creía ver espejos por todos lados. De pronto escuché un estruendo de cristales rotos que duró varios segundos. Me alejé lentamente, como si mi torpeza hubiera ocasionado el desastre e intentara huir sin levantar sospechas. Cuando creí estar lo suficientemente lejos eché a correr sin mirar una sola vez atrás.
A los pocos días los problemas del edificio se resolvieron. Y aunque los vecinos me nombraron emisaria si surgía otro inconveniente, nunca regresé con los Katerinov.

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