Desde la azotea de mi departamento. Luego de una lluvia torrencial que no duró más de 15 minutos. Fue el 12 de abril de este año. Y apenas hace unos días, encuentro la foto.
sábado, 10 de octubre de 2009
Arcoiris
Desde la azotea de mi departamento. Luego de una lluvia torrencial que no duró más de 15 minutos. Fue el 12 de abril de este año. Y apenas hace unos días, encuentro la foto.
Brigitte

La Bardot
He tenido éxito en la vida. Ahora intento hacer de mi vida un éxito.
Brigitte Bardot
La palabra ídolo procede del latín 'idolum' y éste del griego 'εϊδώλου' (eidôlon), con la raíz 'eid / id' que expresa la idea de visión. El 'eidôlon' es la imagen, el reflejo sin realidad. Así pues la palabra designa una imagen de una deidad, como si fuera la divinidad misma, sin serlo. Brigitte Bardot, como muchos artistas, deportistas y algunos buenos para nada, se ajusta a esta desiganción. Nació un 28 de septiembre de 1934 en París. Camille Javal, su verdadero nombre, fue hija de una familia respetable de clase media; su padre era directivo de una empresa industrial y su mamá se dedicaba a organizar desfiles en una casa de modas; esto ayudó a la pequeña Brigitte a destacar en las pasarelas, desde muy temprano.
Apenas con 15 años, mientras estudiaba en el Conservatorio Nacional de Danza, conoció a Roger Vadim, guionista y ayudante de dirección. Querían casarse antes de que Bardot cumpliera 18 años; y cuando Vadim fue a pedirla en matrimonio, el padre de la novia que lo esperaba con un revólver en su escritorio, lo echó de su casa. Finalmente se casaron un 20 de diciembre de 1952.
Trabajó en la película Ladrones al claro de luna, polémica por sus escenas de desnudez. A ella siguieron películas como El gran seductor y Dichosa muchacha. A principios de los 60 cobró cerca de un millón de francos por su primer película protagónica: Y Dios creó a la mujer..., junto a su marido como director. Este film la consagró, pero le acarreó grandes problemas en su vida matrimonial, lo que significó la ruptura con Vadim. Además se descubrió un romance muy breve y contradictorio con el protagonista de la película, Jean-Louis Trintignant, con quien convivió después de pedirle el divorcio a su marido.
El éxito de esta actriz se debió, principalmente, a sus gestos y lenguaje corporal, tan personales y llenos de sensualidad natural. Su rostro aniñado y felino, su larga melena cuidadosamente despeinada, su figura esbelta y atlética y un estilo de vestir bohemio y juvenil parecían buscar la complicidad en el espectador, hombres y mujeres por igual.
Una vez divorciada de su primer marido, a punto de entrar en los 60s, se casa con Jacques Charrier. El atuendo que usa el día de su boda rompe con los convencionalismos de la época: las jovencitas se casaban todas de blanco. Ella, en cambio, opta por un trozo de tela con motivos entonces juzgados provocativos. Jacques Esterel, modisto y amigo íntimo de la estrella, rompió con la tradición de los grandes vestidos de novia y buscó entre los stocks que ya no se vendían el tejido más pasado de moda en la época: el vichy rosa ⎯tejido a cuadros en dos colores, similar al que se utilizaba en los trapos de cocina. Con su sonrisa inocente, la bella provocadora sedujo una vez más al público. Al día siguiente de la ceremonia las tiendas del mundo entero ofrecían el patrón del vestido de Bardot convertido en el fetiche de cualquier novia.
En 1963 se divorcia de Charrier, quien educa al hijo de ambos con su nueva esposa. A pesar del éxito, para Brigitte las cosas no van bien; incapaz de soportar la ruptura, intenta suicidarse. Sin embargo, en 1969 se casa, por tercera vez, con el industrial Gunter Sachs. Poco después se inicia en el mundo de la canción, donde alcanzaría el éxito de la mano del cantante Serge Gainsbourg, quien también sería su amante.
Brigitte representó un movimiento hacia la libertad femenina que acaparó los años 60 en Francia; un país donde se daban las vanguardias más arriesgadas del mundo. Sin embargo su carácter simpático, aniñado y sensual respondía a una tremenda necesidad de afecto, más que a una reivindicación de las mujeres. De hecho su vida estuvo llena, ahora no, de desgarradoras depresiones que varias veces la llevaron a intentar quitarse la vida. Tuvo numerosos amantes, la prensa francesa le ha contabilizado hasta 42. Entre éstos se pueden nombrar a Gilbert Becaud, Sacha Distel y Sami Frey; en algunos de los rompimientos tanto ella como ellos intentaron quitarse la vida.
En 1974 a los 39 años, después de más de 50 películas y 80 canciones, deja definitivamente el cine y la música para dedicarse, por completo, a la defensa de los animales, creando para ello la fundación que lleva su nombre.
Ahora a sus casi 73 años, casada con Bernard D'Ormale, un político cercano al ultraderechista Jean-Marie Le Pen, se dedica por completo a la protección de los animales. A pesar del reconocimiento por su contribución a la protección de los animales ha estado envuelta en escándalos por mostrar simpatía por la extrema derecha. En su libro, aprecido en 2003, Un cri dans le silence (“Un grito en el silencio”), hace varios comentarios desafortunados acerca de las minorías; por ejemplo considera a los homosexuales como “fenómenos de feria”, a los desempleados como “aprovechados perezosos”, a los mendigos como quienes “toman al asalto nuestras iglesias para transformarlas en pocilgas”. Además opina: “Todas las mujeres ministras del Gobierno ¿de verdad están en su sitio? (...) Salvo raras excepciones, sólo son patrañas imbuidas por un poder que las sobrepasa”. Por otro lado asegura que en lugar de dedicarse a la política, estas mujeres “deberían poner su belleza al servicio del reposo de su guerrero”.
En junio de 2004, precisamente por el libro antes citado, Un grito en el silencio, es multada con 5000 euros por incitar al odio racial.
La Bardot, así con artículo demostrativo que la diferencía del resto, es un ídolo en toda la extensión de la palabra: reflejó en su época la imagen de una mujer devoradora de hombres, liberal y rebelde que distaba mucho de la realidad. Ahora, después de más de treinta años retirada del cine, sigue dando de qué hablar, es polémica e inevitablemente encantadora. Y aunque dicho encantamiento pueda resultar repulsivo, La Bardot siempre será recordada como el gran ídolo sexual de los 60s.
martes, 18 de agosto de 2009
CARNIVAL, la contracultura también está en la tele
La contracultura es ya de por sí un término de controversial definición, pero digamos que se refiere a los movimientos culturales alternativos, contrarios o ajenos a la cultura oficial. Es inevitable tomar en cuenta que tanto la cultura oficial como la contracultura se mueven constantemente y, por lo tanto resulta complicado, por no decir imposible, predecir o identificar qué es contracultural y qué no lo es, en el volátil y resbaladizo presente inmediato. Algunos personajes reconocidos dentro de la cultura oficial, sin serlo realmente, permanecen con la etiqueta de contraculturales: los beatniks, Allen Ginsberg, Jack Kerouak, William S. Burroughs. Tanto la literatura como la música fueron las disciplinas más visibles en la contracultura. Aunque también el cine, la pintura, la danza y el performance hicieron de las suyas.
¿Y qué pasó con la televisión? Medio siempre vilipendiado y renegado de las artes. Afortunadamente, este medio masivo experimentó un desarrollo inesperado. Justo en el momento en el que el cine parecía haberlo dicho todo, las series televisivas, desde los Simpson hasta Los Soprano, desarrollaron propuestas interesantes.
Un ejemplo emblemático y poco abordado es la serie, en sólo dos capítulos de HBO, Carnivale. Se trata de una propuesta fresca, transgresora y magníficamente producida, que cuenta con un guión sólido, buenas interpretaciones y un enfoque maduro que recurre a la violencia y al sexo para apuntalar la historia. Esta serie, de ambientación histórica, no sólo complace a los morbosos con un contexto de feria ambulante de freaks de los años 30s (con sus enanos forzudos, gigantes, tragadores de fuego, encantadores de serpientes, mujeres barbudas, pitonistas, tarotistas y siamesas), sino que se adentra en un periodo histórico desarrollado en el sur de los Estados Unidos, justo después del gran desplome de la bolsa norteamericana que condenó a la pobreza más extrema a millones de ciudadanos, abocándolos directamente a la muerte por inanición, enfermedad o, simplemente, a la locura que produce haber perdido todo en cuestión de minutos. Las habituales imágenes de aquella época: familias enteras tiradas en el camino, harapientos enterrando a sus recién nacidos, fábricas funcionando a duras penas en condiciones infrahumanas, sustentadas por el trabajo de niños y adultos esqueléticos; resumen el gran sueño americano a principios de siglo pasado.
El trasfondo es la Gran Depresión, y el argumento se resume en la eterna lucha entre el bien y el mal. El duelo interpretativo corresponde a Nick Stahl (Bastardo Amarillo en Sin City y John Connor en Terminador 3) y Clancy Brown (el malo de Los Inmortales). Además de estas interpretaciones cabe destacar a Michael J. Anderson, en el papel de Samson, antaño enano forzudo y convertido en director de la compañía ambulante de fenómenos variopintos.
Lo contracultural de Carnivale se basa, no en la millonaria producción para retratar fielmente la Norteamérica profunda en tiempos de la Gran Depresión: caminos polvorientos, pobreza extrema, analfabetismo y religiosidad exacerbada. Sino en lo contracultural de su propuesta, que se articula en dos tramas paralelas: la del fugitivo Ben Hawkins y la del Padre Justin Crowe, ambos avatares de la vieja y encarnizada lucha entre la oscuridad y la luz, ambos con poderes más allá de lo humano y con una naturaleza ambigua y contradictoria.
Carnivale recrea la crudeza de un mundo devastado, salpicado de la voluptuosidad inherente al ser humano, efervescente en época de crisis; con una trama sólida y original basada en un argumento recurrente, reformulado dentro de lo que últimamente recibe la etiqueta de “fantasía oscura contemporánea”. El nivel de misterio y esoterismo, resultado de la combinación entre la rutina de la vida cotidiana y esos personajes más voluptuosos e intrigantes de lo que aparentan, se traduce en una atracción difícil de eludir.
La corta vida de la serie, sólo dos temporadas a mi modo de ver, consolida su carácter transgresor, pues no apela al éxito inmediato y a la complacencia del público, sino a una trama sin final, cuyo desenlace depende de cada espectador.
No es posible omitir las influencias más evidentes de Carnivale; Twin Peaks de David Lynch y Freaks de Todd Browning. La serie televisiva de David Lynch indudablemente influye en las ambientaciones siniestras y asfixiantes, y en las inquietantes recreaciones de épocas y personajes retorcidos. De la película Freaks, se retoma la paradoja sobre la belleza y la fealdad del ser humano, también “casualmente” ambientada en la Gran Depresión.
La batalla entre el bien y el mal es la quintaesencia de Carnivale: atemporal, presente desde el inicio de la humanidad, cuando se relataban historias alrededor de una fogata. Carnivale es contracultural porque retrata el corazón de E.U. en una época completamente desesperanzadora y miserable de su historia. Como espectador, es posible sentir el sabor del polvo en la lengua y el olor acre del sudor rancio y del sexo desesperado que pululaba durante la Gran Depresión.
Otro detalle importante en esta serie es el retrato sutil pero contundente de la tradición evangélica y manipuladora del cristianismo, sin caer en lugares comunes ni en denuncias fanáticas.
Lo contracultural es efímero e inasible, pero tiene el poder de plasmar una huella contundente y duradera, más allá del lugar común y de las complacencias.
¿Y qué pasó con la televisión? Medio siempre vilipendiado y renegado de las artes. Afortunadamente, este medio masivo experimentó un desarrollo inesperado. Justo en el momento en el que el cine parecía haberlo dicho todo, las series televisivas, desde los Simpson hasta Los Soprano, desarrollaron propuestas interesantes.
Un ejemplo emblemático y poco abordado es la serie, en sólo dos capítulos de HBO, Carnivale. Se trata de una propuesta fresca, transgresora y magníficamente producida, que cuenta con un guión sólido, buenas interpretaciones y un enfoque maduro que recurre a la violencia y al sexo para apuntalar la historia. Esta serie, de ambientación histórica, no sólo complace a los morbosos con un contexto de feria ambulante de freaks de los años 30s (con sus enanos forzudos, gigantes, tragadores de fuego, encantadores de serpientes, mujeres barbudas, pitonistas, tarotistas y siamesas), sino que se adentra en un periodo histórico desarrollado en el sur de los Estados Unidos, justo después del gran desplome de la bolsa norteamericana que condenó a la pobreza más extrema a millones de ciudadanos, abocándolos directamente a la muerte por inanición, enfermedad o, simplemente, a la locura que produce haber perdido todo en cuestión de minutos. Las habituales imágenes de aquella época: familias enteras tiradas en el camino, harapientos enterrando a sus recién nacidos, fábricas funcionando a duras penas en condiciones infrahumanas, sustentadas por el trabajo de niños y adultos esqueléticos; resumen el gran sueño americano a principios de siglo pasado.
El trasfondo es la Gran Depresión, y el argumento se resume en la eterna lucha entre el bien y el mal. El duelo interpretativo corresponde a Nick Stahl (Bastardo Amarillo en Sin City y John Connor en Terminador 3) y Clancy Brown (el malo de Los Inmortales). Además de estas interpretaciones cabe destacar a Michael J. Anderson, en el papel de Samson, antaño enano forzudo y convertido en director de la compañía ambulante de fenómenos variopintos.
Lo contracultural de Carnivale se basa, no en la millonaria producción para retratar fielmente la Norteamérica profunda en tiempos de la Gran Depresión: caminos polvorientos, pobreza extrema, analfabetismo y religiosidad exacerbada. Sino en lo contracultural de su propuesta, que se articula en dos tramas paralelas: la del fugitivo Ben Hawkins y la del Padre Justin Crowe, ambos avatares de la vieja y encarnizada lucha entre la oscuridad y la luz, ambos con poderes más allá de lo humano y con una naturaleza ambigua y contradictoria.
Carnivale recrea la crudeza de un mundo devastado, salpicado de la voluptuosidad inherente al ser humano, efervescente en época de crisis; con una trama sólida y original basada en un argumento recurrente, reformulado dentro de lo que últimamente recibe la etiqueta de “fantasía oscura contemporánea”. El nivel de misterio y esoterismo, resultado de la combinación entre la rutina de la vida cotidiana y esos personajes más voluptuosos e intrigantes de lo que aparentan, se traduce en una atracción difícil de eludir.
La corta vida de la serie, sólo dos temporadas a mi modo de ver, consolida su carácter transgresor, pues no apela al éxito inmediato y a la complacencia del público, sino a una trama sin final, cuyo desenlace depende de cada espectador.
No es posible omitir las influencias más evidentes de Carnivale; Twin Peaks de David Lynch y Freaks de Todd Browning. La serie televisiva de David Lynch indudablemente influye en las ambientaciones siniestras y asfixiantes, y en las inquietantes recreaciones de épocas y personajes retorcidos. De la película Freaks, se retoma la paradoja sobre la belleza y la fealdad del ser humano, también “casualmente” ambientada en la Gran Depresión.
La batalla entre el bien y el mal es la quintaesencia de Carnivale: atemporal, presente desde el inicio de la humanidad, cuando se relataban historias alrededor de una fogata. Carnivale es contracultural porque retrata el corazón de E.U. en una época completamente desesperanzadora y miserable de su historia. Como espectador, es posible sentir el sabor del polvo en la lengua y el olor acre del sudor rancio y del sexo desesperado que pululaba durante la Gran Depresión.
Otro detalle importante en esta serie es el retrato sutil pero contundente de la tradición evangélica y manipuladora del cristianismo, sin caer en lugares comunes ni en denuncias fanáticas.
Lo contracultural es efímero e inasible, pero tiene el poder de plasmar una huella contundente y duradera, más allá del lugar común y de las complacencias.
Espejos
Alguien tenía que hablar con los dueños del edificio por la falta de mantenimiento y la esporádica y molesta escasez de agua. Los vecinos decidieron que yo era la indicada para hacerlo en nombre de todos y nadie quiso acompañarme.
Llamé varias veces durante una semana pero no atendieron el teléfono. Entonces decidí cambiar la estrategia: me aventuré un sábado a medio día. La casa de los dueños, en un barrio viejo al norte de la ciudad, era pequeña y modesta. Toqué el timbre varias veces antes de que una mujer malencarada abriera la puerta.
⎯ Busco a los Katerinov.
⎯ Pase.
Me condujo a través de un pasillo largo y angosto, cuyos muros estaban tapizado de espejos sobrepuestos. Nuestros reflejos distorsionados se confundían y parecíamos una misma persona hecha de retazos. Dimos vuelta en un lugar donde no distinguí ninguna puerta. Llegamos a una sala amplia con piso de madera. Había varios sillones de terciopelo rojo estilo Luis XVI, un par de mesas con superficie de vidrio y ningún adorno. Las paredes, también cubiertas por espejos, parecían no delimitar el espacio.
La sirvienta me condujo del brazo y me sentó en un taburete pequeño e incómodo entre dos sofás. Desapareció atrás de mí. En su ausencia escuché golpeteo de trastes. La cocina debía estar cerca, pero yo sólo veía espejos.
Poco después regresó con una charola en la que había fruta picada, carne seca, un vaso de leche y pan.
⎯ Sírvete. Los señores no tardan ⎯ dijo mientras señalaba la charola que depositó sobre el suelo, como si fuera para un animal. Cuando quise reclamar, la criada había desapareció por otro muro de la habitación donde tampoco distinguí ninguna abertura. Permanecí quieta en espera de ruidos: el rechinido de una puerta, voces o pasos. Como no escuché nada me levanté y recorrí la sala. No encontré el lugar por donde entramos, ni los otros, por donde la sirvienta iba y venía. Rodeé la habitación acariciando los espejos con mis dedos, tratando de hallar una salida. De pronto me pareció percibir un movimiento que se desvaneció casi de inmediato. Di la vuelta y miré en todas direcciones sin encontrar otra cosa que no fuera mi reflejo distorsionado.
Me senté en un sofá al lado del taburete y, con el pie, empujé la charola debajo de una mesa. Cuando levanté la vista tenía enfrente a una mujer pequeña y canosa que me tendía la mano:
⎯ Buenos días. ¿Cómo estás? ¿No te gustó la comida?
⎯ No tengo hambre, gracias.
Y aunque tuviera hambre no me comería esa porquería, pensé; mientras buscaba en los muros el lugar por el que habría entrado.
⎯ Yo soy la señora Katerinov. Usted es una de nuestras inquilinas, ¿verdad?
⎯ Sí. Siento mucho molestarla, pero tenemos algunos problemas. La limp…
⎯ Perdone que la interrumpa, pero no quisiera que hablara del edificio si mi esposo está ausente. ¡Katerin! ⎯ gritó tan fuerte que los espejos se estremecieron.
La casera me escrutaba de arriba abajo, como si yo fuera un fenómeno de la naturaleza. ¿Qué tanto me veía esa bruja de nariz aguileña, labios delgados y ojos pequeños?
⎯ Tienen muchos espejos.
⎯ Mhmm, son lindos, ¿no crees? Así nunca olvidamos quiénes somos.
⎯ Sí, no lo había pensado de ese modo.
⎯ ¿Cómo te llamas?
⎯ Erika.
⎯ ¿Qué departamento ocupas?
⎯ El G.
De pronto se levantó, dijo que iba a buscar a su marido y desapareció entre los espejos. Me acerqué al sitio por el que se marchó y, mientras empujaba los cristales en busca de una puerta que no hallé; un hombrecillo pequeño, delgado y canoso, que no supe de dónde salió, me tendió la mano:
⎯ Así que usted es Erika. ¿No le gustó la comida? ⎯ dijo mientras miraba la charola debajo de la mesa.
⎯ No tengo hambre, gracias.
⎯ Ahora viene la señora para que podamos hablar.
Me sonreía cordial y parecía más accesible. Igualito que su mujer; la única diferencia perceptible era el cabello corto y las orejas grandes y puntiagudas.
Estaba espantada, los habitantes de la casa parecían moverse con soltura a través de los espejos donde yo no encontraba puertas u orificios. Pregunté cualquier cosa para distraer mis temores.
⎯ Nunca había escuchado el apellido Katerinov, ¿es de origen ruso?
⎯ Sí, efectivamente. Nacimos en un pueblo cercano a Moscú, pero no tiene caso que le diga el nombre; seguramente ni siquiera sabe dónde se encuentra.
Pues no, con toda seguridad no lo sabía, pero eso no era motivo para que no me lo dijera. Me revolví en el sillón tratando de disimular la incomodidad y esbocé una mueca en un intento por sonreír.
⎯ Supongo que esperaremos a su esposa para platicar del edificio.
⎯ Sin duda. Siempre tomamos las decisiones entre los dos.
⎯ Espero que no tarde.
⎯ ¡Katerina! ⎯ gritó tan fuerte que me lastimó los oídos ⎯ siempre me hace lo mismo cuando tenemos que hablar de algo importante, se larga. Voy a buscarla, está sorda, ¿sabe?
Desapareció. Y esta vez no me esforcé por identificar el lugar por donde se había ido. Escuché sus gritos cada vez más lejanos y apagados, como si la casa fuera inmensa. Ya casi eran las dos de la tarde y ni siquiera había tenido oportunidad de exponer el motivo de mi visita. Recogí mi cabello con ambas manos y lo sostuve un momento en la nuca. Paciencia, ya estás aquí, pensé. De pronto la vieja apareció frente a mí, como si siempre hubiera estado en la sala. Me levanté del susto.
⎯ ¿En dónde se metió el bueno para nada de mi marido?
⎯ Fue a buscarla. De hecho la llamó, pero…
⎯ Y te dijo que soy sorda. El muy tarado ⎯miraba las paredes como si pudiera encontrarlo en los espejos.
⎯ Siéntate. Voy a buscarlo.
⎯ No se vaya, mejor lo esperamos aquí, no debe tardar.
⎯ No, no. Tú no lo conoces, tengo que ir por él. Ahora vuelvo.
Ya no me importaba exponer los problemas del edificio; sólo quería irme, pero no sabía cómo salir de ese laberinto de espejos y resonancias por el cual los Katerinov aparecían y se esfumaban.
El reflejo del reflejo causaba un espejismo, como si la habitación donde me encontraba no tuviera límites. De pronto los espejos empezaron a tintinear. A lo lejos escuchaba las voces de los Katerinov que discutían, pero el timbre era tan parecido que a penas lograba distinguir quién decía qué cosa: ven viejo inútil, tú tampoco sirves para nada, no voy a hacer lo que dices sólo porque tú lo dices, yo también soy yo, ya ensuciaste los pantalones otra vez, son míos y hago con ellos lo que quiero, viejo puerco, vieja amargada, como si no fuera suficiente haber vivido toda mi vida contigo, me dejas solo con todos esos espejos, eres cruel, no voy a salir, haz lo que quieras…
Los gritos cesaron. Alguien lloraba. El tintineo se apaciguó. Volví a recorrer la habitación en busca de alguna salida. De pronto apareció la señora Katerinov.
⎯ Lo siento querida. Veré que se resuelva lo del edificio ⎯ dijo mientras se atoraba un mechón de pelo atrás de una gran oreja puntiaguda. Iba a preguntarle si efectivamente conocía los problemas del edificio cuando se marchó sin despedirse.
La criada me condujo a través de un muro donde según yo no había puertas ni orificios. Nos encaminamos por un pasillo que parecía diferente al anterior, más largo y estrecho. La mujer empujó un espejo y salí a la calle. Antes de que la malhumorada mujer cerrara la puerta escuché un adiós cantarín y cuando miré dentro vi al señor Katerinov reflejado en los espejos, despidiéndose con la mano.
Ya en la calle, caminé hacia la derecha y luego regresé hacia la izquierda. No reconocí la calle, ni la fachada de la casa de los viejos. Mareada y con dolor de cabeza creía ver espejos por todos lados. De pronto escuché un estruendo de cristales rotos que duró varios segundos. Me alejé lentamente, como si mi torpeza hubiera ocasionado el desastre e intentara huir sin levantar sospechas. Cuando creí estar lo suficientemente lejos eché a correr sin mirar una sola vez atrás.
A los pocos días los problemas del edificio se resolvieron. Y aunque los vecinos me nombraron emisaria si surgía otro inconveniente, nunca regresé con los Katerinov.
Llamé varias veces durante una semana pero no atendieron el teléfono. Entonces decidí cambiar la estrategia: me aventuré un sábado a medio día. La casa de los dueños, en un barrio viejo al norte de la ciudad, era pequeña y modesta. Toqué el timbre varias veces antes de que una mujer malencarada abriera la puerta.
⎯ Busco a los Katerinov.
⎯ Pase.
Me condujo a través de un pasillo largo y angosto, cuyos muros estaban tapizado de espejos sobrepuestos. Nuestros reflejos distorsionados se confundían y parecíamos una misma persona hecha de retazos. Dimos vuelta en un lugar donde no distinguí ninguna puerta. Llegamos a una sala amplia con piso de madera. Había varios sillones de terciopelo rojo estilo Luis XVI, un par de mesas con superficie de vidrio y ningún adorno. Las paredes, también cubiertas por espejos, parecían no delimitar el espacio.
La sirvienta me condujo del brazo y me sentó en un taburete pequeño e incómodo entre dos sofás. Desapareció atrás de mí. En su ausencia escuché golpeteo de trastes. La cocina debía estar cerca, pero yo sólo veía espejos.
Poco después regresó con una charola en la que había fruta picada, carne seca, un vaso de leche y pan.
⎯ Sírvete. Los señores no tardan ⎯ dijo mientras señalaba la charola que depositó sobre el suelo, como si fuera para un animal. Cuando quise reclamar, la criada había desapareció por otro muro de la habitación donde tampoco distinguí ninguna abertura. Permanecí quieta en espera de ruidos: el rechinido de una puerta, voces o pasos. Como no escuché nada me levanté y recorrí la sala. No encontré el lugar por donde entramos, ni los otros, por donde la sirvienta iba y venía. Rodeé la habitación acariciando los espejos con mis dedos, tratando de hallar una salida. De pronto me pareció percibir un movimiento que se desvaneció casi de inmediato. Di la vuelta y miré en todas direcciones sin encontrar otra cosa que no fuera mi reflejo distorsionado.
Me senté en un sofá al lado del taburete y, con el pie, empujé la charola debajo de una mesa. Cuando levanté la vista tenía enfrente a una mujer pequeña y canosa que me tendía la mano:
⎯ Buenos días. ¿Cómo estás? ¿No te gustó la comida?
⎯ No tengo hambre, gracias.
Y aunque tuviera hambre no me comería esa porquería, pensé; mientras buscaba en los muros el lugar por el que habría entrado.
⎯ Yo soy la señora Katerinov. Usted es una de nuestras inquilinas, ¿verdad?
⎯ Sí. Siento mucho molestarla, pero tenemos algunos problemas. La limp…
⎯ Perdone que la interrumpa, pero no quisiera que hablara del edificio si mi esposo está ausente. ¡Katerin! ⎯ gritó tan fuerte que los espejos se estremecieron.
La casera me escrutaba de arriba abajo, como si yo fuera un fenómeno de la naturaleza. ¿Qué tanto me veía esa bruja de nariz aguileña, labios delgados y ojos pequeños?
⎯ Tienen muchos espejos.
⎯ Mhmm, son lindos, ¿no crees? Así nunca olvidamos quiénes somos.
⎯ Sí, no lo había pensado de ese modo.
⎯ ¿Cómo te llamas?
⎯ Erika.
⎯ ¿Qué departamento ocupas?
⎯ El G.
De pronto se levantó, dijo que iba a buscar a su marido y desapareció entre los espejos. Me acerqué al sitio por el que se marchó y, mientras empujaba los cristales en busca de una puerta que no hallé; un hombrecillo pequeño, delgado y canoso, que no supe de dónde salió, me tendió la mano:
⎯ Así que usted es Erika. ¿No le gustó la comida? ⎯ dijo mientras miraba la charola debajo de la mesa.
⎯ No tengo hambre, gracias.
⎯ Ahora viene la señora para que podamos hablar.
Me sonreía cordial y parecía más accesible. Igualito que su mujer; la única diferencia perceptible era el cabello corto y las orejas grandes y puntiagudas.
Estaba espantada, los habitantes de la casa parecían moverse con soltura a través de los espejos donde yo no encontraba puertas u orificios. Pregunté cualquier cosa para distraer mis temores.
⎯ Nunca había escuchado el apellido Katerinov, ¿es de origen ruso?
⎯ Sí, efectivamente. Nacimos en un pueblo cercano a Moscú, pero no tiene caso que le diga el nombre; seguramente ni siquiera sabe dónde se encuentra.
Pues no, con toda seguridad no lo sabía, pero eso no era motivo para que no me lo dijera. Me revolví en el sillón tratando de disimular la incomodidad y esbocé una mueca en un intento por sonreír.
⎯ Supongo que esperaremos a su esposa para platicar del edificio.
⎯ Sin duda. Siempre tomamos las decisiones entre los dos.
⎯ Espero que no tarde.
⎯ ¡Katerina! ⎯ gritó tan fuerte que me lastimó los oídos ⎯ siempre me hace lo mismo cuando tenemos que hablar de algo importante, se larga. Voy a buscarla, está sorda, ¿sabe?
Desapareció. Y esta vez no me esforcé por identificar el lugar por donde se había ido. Escuché sus gritos cada vez más lejanos y apagados, como si la casa fuera inmensa. Ya casi eran las dos de la tarde y ni siquiera había tenido oportunidad de exponer el motivo de mi visita. Recogí mi cabello con ambas manos y lo sostuve un momento en la nuca. Paciencia, ya estás aquí, pensé. De pronto la vieja apareció frente a mí, como si siempre hubiera estado en la sala. Me levanté del susto.
⎯ ¿En dónde se metió el bueno para nada de mi marido?
⎯ Fue a buscarla. De hecho la llamó, pero…
⎯ Y te dijo que soy sorda. El muy tarado ⎯miraba las paredes como si pudiera encontrarlo en los espejos.
⎯ Siéntate. Voy a buscarlo.
⎯ No se vaya, mejor lo esperamos aquí, no debe tardar.
⎯ No, no. Tú no lo conoces, tengo que ir por él. Ahora vuelvo.
Ya no me importaba exponer los problemas del edificio; sólo quería irme, pero no sabía cómo salir de ese laberinto de espejos y resonancias por el cual los Katerinov aparecían y se esfumaban.
El reflejo del reflejo causaba un espejismo, como si la habitación donde me encontraba no tuviera límites. De pronto los espejos empezaron a tintinear. A lo lejos escuchaba las voces de los Katerinov que discutían, pero el timbre era tan parecido que a penas lograba distinguir quién decía qué cosa: ven viejo inútil, tú tampoco sirves para nada, no voy a hacer lo que dices sólo porque tú lo dices, yo también soy yo, ya ensuciaste los pantalones otra vez, son míos y hago con ellos lo que quiero, viejo puerco, vieja amargada, como si no fuera suficiente haber vivido toda mi vida contigo, me dejas solo con todos esos espejos, eres cruel, no voy a salir, haz lo que quieras…
Los gritos cesaron. Alguien lloraba. El tintineo se apaciguó. Volví a recorrer la habitación en busca de alguna salida. De pronto apareció la señora Katerinov.
⎯ Lo siento querida. Veré que se resuelva lo del edificio ⎯ dijo mientras se atoraba un mechón de pelo atrás de una gran oreja puntiaguda. Iba a preguntarle si efectivamente conocía los problemas del edificio cuando se marchó sin despedirse.
La criada me condujo a través de un muro donde según yo no había puertas ni orificios. Nos encaminamos por un pasillo que parecía diferente al anterior, más largo y estrecho. La mujer empujó un espejo y salí a la calle. Antes de que la malhumorada mujer cerrara la puerta escuché un adiós cantarín y cuando miré dentro vi al señor Katerinov reflejado en los espejos, despidiéndose con la mano.
Ya en la calle, caminé hacia la derecha y luego regresé hacia la izquierda. No reconocí la calle, ni la fachada de la casa de los viejos. Mareada y con dolor de cabeza creía ver espejos por todos lados. De pronto escuché un estruendo de cristales rotos que duró varios segundos. Me alejé lentamente, como si mi torpeza hubiera ocasionado el desastre e intentara huir sin levantar sospechas. Cuando creí estar lo suficientemente lejos eché a correr sin mirar una sola vez atrás.
A los pocos días los problemas del edificio se resolvieron. Y aunque los vecinos me nombraron emisaria si surgía otro inconveniente, nunca regresé con los Katerinov.
viernes, 7 de agosto de 2009
La olimpiada de la masturbación

Según la cosmogonía egipcia, antes de la creación sólo había un océano primigenio que lo contenía todo, del cual surgió el dios creador Atum quien creó al hombre masturbándose hasta alcanzar el orgasmo. En los sarcófagos se encuentran representaciones de la pareja divina: el dios creador Atum y su mano. Algunas sacerdotistas tenían el título de la “Mano de Dios” y probablemente llevaban a cabo masturbaciones rituales para remedar el acto del creador.
Por otro lado, las estatuillas en forma de pene que se conservan en el museo del Cairo, por su forma y medida, son aptas para usarse cono consoladores. Los penes de tamaño natural tenían un uso específico: si un marido padecía problemas de erección, su mujer hacía una réplica exacta de su pene y lo depositaba en el templo con la esperanza de que recuperara la salud.
Aunque para los antiguos griegos y romanos la masturbación era considerada una práctica despreciable y humillante, era perdonable en los esclavos y como válvula de escape para la frustración sexual. Había sólo una ocasión en que la masturbación era un hecho permitido e incluso ceremonial: durante la Saturnalia (siete días de fiesta en honor al dios Saturno) o Bacanales, cuando los griegos la practicaban de forma grupal.
Tiempo después, los primeros moralistas cristianos y judíos despreciaron y prohibieron esta práctica por carecer de una función procreativa. Se le consideró un pecado leve hasta el siglo XV, pero poco a poco adquirió más importancia, hasta convertirse en una práctica pervertida debido al derroche de semen y por propiciar la delectación de uno mismo. Se le adjudicaron todo tipo de enfermedades físicas y mentales. Sacerdotes, padres y médicos emprendieron, especialmente a partir del siglo XIX, una auténtica cruzada contra la masturbación infantil.
Quizá la razón por la cual esta práctica tan inocente llegó a considerarse un acto perjudicial, inmoral y escandaloso radica en el proyecto de forjar un ser humano cada vez más espiritual, desligado de los impulsos animales; de este modo nuestra cultura llevó al extremo el dualismo mente-cuerpo. En realidad lo que se pretendía era escindir al individuo de sus propios impulsos corporales para hacerlo más dócil y manejable. Seres fuertes espiritualmente para la evangelización y físicamente para la guerra.
Sin embargo hoy en día, en algunas latitudes del mundo esta práctica no sólo es admitida sino que es objeto de concursos. Ejemplo de lo anterior es el Masturbate-A-Thon (Maratón de Masturbación) anual celebrado en San Francisco y organizado por el Center for Sex and Culture (Centro para el sexo y la cultura). Las categorías, en femenil y varonil, son: Longest Time Spent Masturbating (El mayor tiempo de masturbación), Most Orgasms (Mayor número de orgasmos) y Greatest Ejaculation Distance (Mayor distancia de eyaculación).
Y por si el Maratón no fuera suficiente, el 31 de mayo de 2008 se celebraron las Olimpiadas de la Masturbación en Dinamarca, organizadas por la sexóloga Pía Struck. El evento contó con el apoyo de Landsforeningen af Glade Onanister (Asociación Nacional de Onanistas Contentos), que cuenta con un poco más de un centenar de miembros de ambos sexos. También contó con la colaboración de Det Europæiske Orgasmeakademi (La Academia Europea del Orgasmo), un centro de enseñanza donde sexólogos y expertos transmiten técnicas de masturbación y cómo conseguir mejores orgasmos.
Dudo que este tipo de eventos adquieran mayor presencia en otras ciudades del mundo, pues la sociedad conservadora e hipócrita no lo permitiría. Y eso, a pesar de que la cultura moderna estimula el individualismo y la autodeterminación; y pide que los individuos siempre deseen más de lo que tienen e imaginen mucho más de lo que es real. Bajo este contexto, la masturbación sería la sexualidad del hombre moderno por excelencia.
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